Archivos para Octubre, 2008

-mira hoy el atardecer-

Publicado en Autor el Octubre 20, 2008 por Griselda Athié

Vitaminas para un perro viejo. A mi no me tranquiliza ver un atardecer. No digo que no me gusten, que no los busque ahí donde yo me encuentre, que no los sienta. Sólo digo que a mi no me tranquiliza. Y qué raro, porque una escena ideal de paz interior y tranquilidad bien podría ser la de un hombre solitario, meditativo, sentado en una silla reclinable, abrazando sus piernas o dándole sorbitos a su café o mate, y mirando al otro lado del horizonte el atardecer. Para mi es una escena de terror. Y creo saber por qué.

       Cuando estoy frente a un cielo color mango y miro las nubes indiferentes a su fugaz existencia, y el sol ocultándose entre las montañas (en el mejor de los casos, porque me ha tocado verlo desaparecer entre montones de basuras, o entre los grises edificios), no puedo experimentar ago menos que melancolía. Qué digo melancolía, una auténtica tristeza. Me he encontrado correteando al sol, retando a la curvatura de la tierra, para que dure más el crepúsculo que hay en mí. 

     Cierto, me siento arrobado, posesionado por alguna cuestión ajena a mi, y experimento un momento estético sin precedentes, casi sin igual, a no ser por que la sexualidad, la música y la búsqueda de paraísos interiores aún me conmueven. Es algo hermoso, pero devastador. A mi, hasta muy dentro de mi, con el aire del atardecer y la luna creciente asomándose por la ventana, llega el frío de la muerte, de lo que pasa y no se detiene, el tiempo, las sonrisas, la felicidad.

     Que la vida no dura lo suficiente como para recordarla sin cierto temor, que las arrugas no son las marcas del tiempo sino de todo lo que pudo ser, y que ayer estaba menos solo y menos cerca de la muerte que el día de hoy, es inevitable. No puedo decir que mi carácter es melancólico, pues busco el baile y el placer casi como cualquier otro mortal, pero es que eso es demasiado para mi.

     El viento me trae una melodía triste, que me recuerda los atardeceres de mi infancia. Acaso el atardecer es uno mismo todas las tardes, eso quiero imaginar, que regresa día a día para recordarnos que seguimos un poquito más en esta tierra. Acaso un atardecer no sea más que una cuestión de perspectiva, y cada uno ve distintos los últimos reflejos del sol, a distinta hora; acaso sea que me estoy acercando a la muerte como el gran astro a la línea del horizonte, y no lo puedo creer, no lo quiero y no está bien que me lo crea.

     Me han sorprendido muchos atardeceres con una lágrima arrastrando por mi rostro, con pensamientos y cavilaciones de lo más fatales (no digo que por ello no sean hermosas) que me pueda encontrar, y en el momento justo en que el último rayo de luz desaparece contengo la respiración, como yéndome con esa luz, y albergo en mi una ausencia terrible, que me lleva a salir disparado a la noche, gritar histérico que estoy vivo, caminar con una prisa que sólo quien debe llegar al sanitario conoce, que me hace sonreír y decir “bueno, tal vez éste sea el último atardecer de mi vida”, esperando no tener razón.

     Pero un día, sin duda alguna, la tendré. Y eso me hace pensar en una muerte ideal: saber que cuando se oculte el sol me voy, y que tras mi último suspiro se encenderá la primera estrella en el cielo, que anuncie al mundo que no ha pasado nada, que no somos nada, ni debemos pretenderlo.

     Porque esta realidad está llena de atardeceres, y al ocultarse el sol por las tardes eso no significa nada, nada más que otra hoja en blanco que ha aparecido, que un amanecer al otro lado del mundo es posible, y que de mis ojos al punto exacto en el cual se encuentra el sol hay un universo de distancia, que día a día quiero salvar, siempre sin lograrlo.

    Así que para mi ver el atardecer significa, más allá de lo que pudiera pensar, amigo lector, un motivo y no una justificación. Como darle vitaminas a un perro viejo, o inyectarle a un junkie una dosis de lo mejor, o imaginar que Beethoven antes de morir escuchó el sonido de un par de violines tristes, y que ello le hizo sonreír. . .

A Juan…